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Me fui de vacaciones por unos días para los Estados Unidos. En parte, para salir de la rutina y el trajín diario, y también para celebrar junto a mi esposa una ocasión muy especial en su vida. Específicamente, pernoctamos en Las Vegas, la ciudad de las apuestas y del pecado, la misma ciudad en donde, mientras en mi querido pueblo de Comerío se celebraba con gran éxito el tradicional Festival Jíbaro, el boxeador filipino Manny Paquiao caía víctima de un robo descarado en su pleito titular contra el gringo Timothy Bradley.
Las Vegas es una ciudad llena de contrastes en la que la opulencia y el libertinaje siempre bailan con la cerveza en la mano, mientras que los deambulantes y la prostitución (femenina y masculina) se asoman con excesiva facilidad. Sin embargo, como en cualquier lugar del mundo, allí también existen regulaciones dirigidas a asegurar el orden social.
Por ejemplo, la mayoría de edad es a los 21 años y al menos, en todos los hoteles y restaurantes que visitamos nos requirieron identificación al momento de ordenar alguna bebida con licor. Y eso que ya pasamos de los 50.
Si bien los accidentes de autos se producen con marcada frecuencia por aquellos lares, producto claro está del consumo excesivo del alcohol y de otras sustancias, la policía es rigurosa cuando interviene con personas que violan las leyes de tránsito (incluso esposándolas mientras investigan algún incidente).
Nos sorprendió sobremanera el hecho de que la mayoría de las calles y avenidas se mantienen limpias a pesar de la gran cantidad de seres humanos que circulan de un lado a otro de la ciudad las 24 horas del día.
Pero lo más que nos llamó la atención fue la paciencia de la gente esperando pacientemente en las filas de los aeropuertos que visitamos, en los impresionantes “buffets” de comida que ofrece Las Vegas y hasta para cruzar las calles.
También nos impresionó positivamente la efectiva rotulación de las carreteras lo que nos facilitó llegar al destino deseado. Como si fuera poco, fuimos testigos de una protesta pública protagonizada por los empleados de un hotel. Ni vimos policías ni desorden de parte de los protestantes. Y al cabo de un par de horas todo volvía a la calma.
Lamentablemente, como cualquier vacación, la nuestra también llegó a su fin y regresamos a la Isla del Encanto. Queda en nuestra memoria lo disfrutado y el recuerdo de lo vivido en una ciudad donde el ir y venir de miles de personas es la orden del día y el calor es insoportable, sobre todo durante el verano. Por fortuna, la actitud tranquila y apacible de la gente sirvió como el mejor de los oasis.
Y hablando de actitudes, ¿qué les parecen las asumidas por los directivos del partido popular castigando al representante Charlie Hernández por defender el crecimiento del Estado Libre Asociado y por el gobernador, aprobando por un lado, la ley que exime del pago del IVU a las iglesias y por el otro, defendiendo a “raja tabla” un plan que persigue ofrecer la mayoría de los cursos escolares en el idioma inglés?
En cuanto al legislador soberanista, el presidente del partido fundado por Muñoz Marín pareció dar al traste con el eterno lema de campaña de esa colectividad que pretende vendernos la idea de que es una “casa grande” donde cabe todo el mundo. Será para los Hernández y las Calderones de la vida.
Lo del IVU y las iglesias tampoco huele bien. Mal parado queda el principio que establece la necesaria separación entre la Iglesia y el Estado cuando los gobernantes se dejan seducir por cuentos de sirena. Si no fuera por que estamos en año electoral…
Y finalmente, la imposición del inglés por la cocina no puede dejar de ser más que una reacción desesperada de las huestes estadistas ante las expresiones de múltiples congresistas y autoridades federales que se inclinan abiertamente hacia el “english only” y a no aceptar un estado hispano en la unión norteamericana.
Por sus actitudes los conoceréis….. |