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Reflexiones sobre María
Escrito por Lcdo. Orlando Maldonado   
Jueves 14 de Diciembre de 2017 15:52

Después del paso destructor del Huracán María por estos lares las historias se siguen contando. Los muertos también. Hago esta reflexión para poner en perspectiva lo que ha ocurrido en Puerto Rico a partir de aquel 20 de septiembre, un día que quedará grabado en nuestra memoria por mucho, mucho tiempo. Sin temor a equivocarme, me atrevo asegurar que, además de los expertos en meteorología, nadie en este país tenía la menor idea del daño que nos podía causar ese huracán con nombre bíblico. Y si nos dejamos llevar por la respuesta del gobierno central, sobretodo, en lo que respecta a la recuperación del sistema eléctrico, no hay mucho más que decir.

La mayoría de las personas pudieran pensar que los momentos más terribles se vivieron cuando María cruzaba la Isla, y es comprensible, primero, porque luego de tratar de salvar lo que pudiéramos de nuestras propiedades, no nos quedó otra cosa que hacer que proteger la vida propia y la de los seres queridos que compartieron las angustias de María a nuestro lado.  Usted sabe, lo material se recupera, la vida no.

Lo cierto es que en cuestión de horas el Huracán María trastocó el diario vivir de todos los que habitamos esta bendita tierra. A algunos por un tiempo determinado, a otros, quizás, por el resto de sus vidas.  Es que desde Fajardo a Mayagüez y desde San Juan a Ponce este destructivo ciclón no dejó rincón sin azotar. Por fortuna, surgieron buenos samaritanos que dieron la mano antes, durante y después del huracán. Muchos de ellos continúan brindando apoyo  y llegando a las comunidades “olvidadas”.

Dicen que después de la tormenta viene la calma. Bueno, eso puede ser cierto, pero, ¿quién sabe cuánto tiempo tomará? El impacto directo de María develó un país destrozado, repleto de comunidades irreconocibles y personas fallecidas y desaparecidas que el gobierno aún se niega a contar. Pasados los primeros días nos topamos con una nueva realidad. La ayuda del gobierno local y federal llegaba con demasiada lentitud, víctima de una terrible burocracia y de una politiquería que hace más daño que bien, la gerencia de la A.E.E. apuntaba a que la luz podría tardarse hasta un año en llegar a ciertos lugares, mientras resultaba muy difícil conseguir alimentos, gasolina y el codiciado hielo. Y aunque los federales se hicieron presentes, no pudo evitar que los boricuas se convirtieran en presas de la desesperación. Miles quedaron sin hogar, sin trabajo y obligados a abandonar la tierra que los vio nacer.

Ya han pasado casi tres meses y el panorama continua sombrío. El país se ha abarrotado peligrosamente de plantas y generadores eléctricos que, si bien resuelven problemas inmediatos, contaminan el medio ambiente, aunque dicen por ahí que el mejor remedio para el ruido que producen estos aparatos es tirarle una extensión al vecino.

La Autoridad de Energía ha logrado algunos avances en el esfuerzo por “prender” a Puerto Rico con la ayuda de brigadas importadas, pero continua sumergida en un lodazal administrativo que le costó el puesto a su director ejecutivo. Y lo peor es que en el futuro cercano no se vislumbra que esa agencia pueda enderezar su curso.  Por su parte, el gobierno ha solicitado la friolera de 94 mil millones al gobierno federal para la reconstrucción. Como dice el refrán, “por pedir nadie se ha pelao”. Ya veremos hasta donde estará dispuesta a llegar la administración de Donald Trump para soltarle esa cantidad de dinero a un país quebrado y con una administración pública que no es muy confiable.

Con la experiencia de María surgen múltiples interrogantes de cara al futuro. ¿Será posible que comencemos a depender menos del petróleo y poner en marcha un verdadero desarrollo de la energía renovable para estabilizar de una vez y por todas el sistema eléctrico? ¿Será posible que comencemos a construir casas más seguras lejos de las orillas de los ríos, de terrenos susceptibles a deslizamientos y de las laderas de las montañas?

¿Será posible que respetemos la zona marítimo- terrestre y dejemos robarle más espacio al mar? Y por último, ¿será posible que nuestros gobernantes dejen a un lado el protagonismo y la politiquería a la hora de meterle mano a una situación tan seria como la que acabamos de sufrir?  Por favor, piensen que a partir del primero de junio del próximo año nos enfrentaremos nuevamente a la procesión de estos fenómenos atmosféricos que salen de África en ruta al Caribe y más allá. Ustedes tienen la palabra.

 

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