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La Pobreza en el Alma
Escrito por Pablo “Pablin” Centeno Rivera   
Lunes 04 de Diciembre de 2017 15:56

Después de recorrer casi todos los pueblos de la zona central, Barraquitas, Cayey, Orocovis, Naranjito, Cidra  y Comerío, observé, obviamente, muchos daños a las vías públicas, viviendas, el comercio y la agricultura. Pude notar que la mayoría de las comunidades no tiene agua potable y mucho menos energía eléctrica.

Sin embargo, a pesar de la devastación descubrí la escena de una zona montañosa pujante, con buen ambiente económico y un estilo de vida de calidad. La realidad es que a pesar de que existe un porciento de pobreza, parecido a los bolsillos que mencionan los de Energía Eléctrica, la región central no tiene nada que envidar a las zonas metropolitanas sino que todo lo contrario estamos mejor.

Estamos mejor porque se nota el interés del campesinado de levantar las estructuras afectadas por el huracán, de no esperar porque vengan los de FEMA, para “volver a empezar” y para mejorar aquellos renglones débiles, ante la lluvia y el viento, para que no se repita la historia de María.

Nuestra zona central había venido transformándose con la agro industria, el turismo local y subsiguientemente con el desarrollo de diversos negocios adaptados al llamado “chinchorreo” cuyo atractivo son la buena comida, el ambiente agradable del campo y el paseo por nuestras hermosas montañas. Es cierto que el huracán afectó dramáticamente las carreteras, hizo mucho daño a la agricultura y sus derivados y destruyó viviendas.  Súmele la lentitud que llegó la ayuda del gobierno, en restablecer el servicio de agua y de energía eléctrica, etc. Observo en la gente de campo el entusiasmo que quisiera ver en el resto del País.

Debo decir que no veo la pobreza en mi pueblo tal y como existe en otros países subdesarrollados. Nuestra pobreza se refleja en el alma, en la desmotivación de un sector que se niega a estudiar, educarse, emprender nuevos caminos por un mejor porvenir.

Son una minoría que se alimenta de la “gansería” y que se adaptan a los llamados “Programas Sociales” que lejos de erradicar el mal, lo alimentan y lo promueven. Programas que son veneno al estímulo por superarse y salir del hoyo negro de la dependencia y la limosna. No es que estemos en desacuerdo en que el gobierno ayude a los menos afortunados, discapacitados para trabajar y sostenerse, niños o ancianos.  La experiencia con el huracán María debe movernos a reenfocar estos “programas” para que sean más efectivos y menos instrumentos de promover la vagancia, dejadez y la dependencia.  Es la pobreza que debemos erradicar.

Muchos de mis amigos pensaron que a partir de la Junta de Control, las decisiones del Congreso, los Tribunales y expresiones presidenciales, que las “cosas” en Puerto Rico no serían iguales. Me atrevo decir que el huracán María fue una suerte para Puerto Rico porque cambió aquel panorama de la quiebra y el proceso inevitable de la total bancarrota por una “lluvia” de ayudas de todo tipo y nos puso en tema de discusión en Estados Unidos y en el mundo.

Sabemos que los americanos no están contemplando llevarnos de la mano, cogernos pena, y resolvernos todos nuestros problemas. Puerto Rico tiene que reinventarse, buscar alternativas para levantar su economía, depender menos y producir más. La educación es vital, para que nuestros jóvenes se superen, para atacar los índices de pobreza. Para eso necesitamos un gobierno que inspire más y mendigue menos.  Así sanar la pobreza en el alma.

 

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