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Un huracán llamado María
Escrito por Lcdo. Orlando Maldonado   
Viernes 10 de Noviembre de 2017 14:57

Antes que todo,  un abrazo solidario a mis amigos de La Cordillera que ya se levantan. Del huracán María mucho se ha escrito y, seguramente, los que sobrevivieron a la tragedia tendrán historias que contar. Yo también tengo la mía.

Como fanático que soy de la meteorología, sigo de cerca la trayectoria de las ondas tropicales que a partir del mes de junio salen de África a pasear por el océano Atlántico, generalmente, en ruta hacia el oeste.  Este año no fue la excepción, así que comencé a prepararme tan pronto llegó el verano.

Luego del susto que nos dió Irma, parecía que una vez más la suerte estaría de nuestra parte. Lamentablemente, no fue así.

Pendiente a las noticias del fin de semana previo al azote de María, algo me decía que el fenómeno pasaría muy cerca, de manera que intensifiqué los esfuerzos para estar preparado, comprando diferentes artículos de primera necesidad.

El lunes 18 visité una sucursal bancaria en el área de Fajardo para realizar gestiones profesionales y en medio del proceso se recibió una llamada ordenando que se cancelara la transacción. La orden vino de un representante de una compañía de seguros.  Créanme que tomé  aquel incidente como un mal presagio de lo que estaba por suceder.

Aproveché la interrupción laboral para llegar hasta Luquillo con el propósito de proteger un pequeño apartamento ubicado en un condominio que, acá entre nos, coquetea con la zona marítimo-terrestre.

El martes, 19 lo dediqué a reforzar la seguridad de mi residencia con tormenteras, paneles, tablas, toldos y cortinas de plástico. Ahora sería cuestión de esperar. Entrada la noche, sentimos los primeros vientos.

Contrario a Irma, la electricidad todavía se mantenía.  Hasta que llegó la madrugada del miércoles 20 cuando los vientos cobraron intensidad y apareció la lluvia. El azote de María era una realidad.  Una realidad terrible.

Con el huracán sobre nosotros, intentaba mantener seco el piso de lo que hasta ese día era mi oficina, pero la entrada de agua era incontrolable.  De momento, una de las ventanas cedió a la fuerza de los vientos y se desprendió. Y por allí salieron expedientes, equipos electrónicos y un montón de otras cosas. Al ver aquello entendí que todos los esfuerzos para proteger lo material habían sido en vano y que la vida era mucho más valiosa, así que salimos de la vivienda para las escaleras del edificio.  Fueron momentos de impotencia y desesperación que se hicieron menos dolorosos cuando compartimos con los vecinos durante varias horas en un refugio improvisado.

Lo que ha ocurrido del azote de María para acá es harto conocido. La buena o mala respuesta del gobierno, el colapso total del sistema eléctrico, la burocracia de FEMA, comunidades aisladas, las largas filas para adquirir gasolina, la visita de Donald Trump, los muertos que no acaban de contarse, la fuga de boricuas hacia los Estados Unidos, el vacilón de las estadísticas por parte del gobierno, la politiquería que no descansa, la busconería de algunos comerciantes que aumentan los precios y de los funcionarios públicos en la distribución de suministros. Y siga usted sumando.

El huracán María causó estragos en este país cargando además con muchas vidas. Será una experiencia difícil de borrar para las generaciones presentes.  Sólo espero que podamos aprender a hacer las cosas diferentes de cara a un futuro incierto y que al igual que los árboles que ya comienzan a lucir un nuevo follaje, los puertorriqueños nos levantemos para restaurarle el encanto a nuestra Isla.

 

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