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Castigo Inmerecido
Escrito por lcdo. Orlando Maldonado   
Miércoles 16 de Agosto de 2017 15:01

En el año de 1897, Puerto Rico, por medio de la Carta Autonómica, adquirió del imperio español valiosas facultades de autonomía económico-administrativa. Aunque tomó más de cuatro siglos para que España considerara a la Isla como una provincia y le reconociera a sus habitantes el derecho de gobernarse por sí mismos en una relación política con la metrópolis, finalmente se aprobó una legislación con el propósito de autorizar la formación de un gobierno autonómico.

Atrás había quedado la esclavitud que borró del mapa a los indios taínos y maltrató sistemáticamente a los negros. El estatuto otorgó representación en la Cámara de Representantes y en el Consejo de Administración, las cuales tenían poderes para legislar sobre aquellos asuntos que afectaban a la colonia e incluso, permitía, en cierta medida, la inclusión de Puerto Rico en tratados internacionales.   Pero la alegría duró muy poco tiempo gracias a la invasión norteamericana de 1898.  Como dice la canción, "lo que pudo ser no será".  Y por ahí llegó el desencanto.

Sin lugar a dudas, la Carta Autonómica de 1897, siendo el documento de autogobierno más avanzado de todas las colonias europeas en el Caribe, le brindó al país un nivel de gobierno propio y unas libertades políticas y económicas que superan a la Constitución que hoy día regula nuestra vida como pueblo.

De colonia a colonia. La invasión norteamericana revocó y malogró lo que habíamos alcanzado durante los últimos años de la dominación española. El 25 de julio de 1898 la marina de guerra de los Estados Unidos desembarcó por las costas de Guánica a bombazo limpio y estable-ció en muy corto tiempo un gobierno militar.  Irónicamente, los defensores del Estado Libre Asociado celebran en la misma fecha la creación de ese engendro político que describió el licenciado Vicente Géigel Polanco de una manera excelente y cruda, a la vez, en un libro al que haremos referencia más adelante.

La invasión de 1898 cambió dramáticamente la situación en Puerto Rico. Cuando más cerca estuvimos de mantener unas relaciones político-económicas beneficiosas con el gobierno español, cierran la ventana abruptamente y nos obligan a mirar hacia una sociedad totalmente distinta a la nuestra.  Como consecuencia inmediata de la invasión norteamericana, Puerto Rico se quedó sin la ciudadanía española y no fue hasta el 1917 que el gobierno federal le impone la ciudadanía norteamericana a los puertorriqueños.  ¡Un gran salto!  De colonia a colonia.

A partir de la invasión, Puerto Rico sufrió un intenso proceso de colonización norteamericana que dura hasta nuestros días. El traslado de los trabajadores de la tierra hacia la industria dejando una agricultura agonizante que nos obliga a consumir productos del extranjero que cuestan más caros por razón de las leyes de cabotaje, la eliminación de los pequeños comerciantes que ha convertido a muchos municipios en pueblos fantasmas, la fuga de talento y un gobierno corrupto de la "A" a la "Z" es el legado que nos ha dejado un imperio que al día de hoy sigue exprimiendo a los puertorriqueños por medio de una Junta Federal de Control Fiscal que no tiene la más mínima consideración del sufrimiento de un pueblo cuyas esperanzas se desvanecen con el paso de los días.

En su libro "La Farsa del Estado Libre Asociado", el licenciado Géigel Polanco anotó que la Ley 600 (que facultaba al pueblo de Puerto Rico para organizar un gobierno constitucional) no fue más que una "burda maniobra legalística" que no tenía otro alcance que el de dar validez y permanencia, con el formal consentimiento de los puertorriqueños, a su presente status de posesión territorial de los Estados Unidos.

A pesar de la aprobación de la Constitución de Puerto Rico en 1952, la relación política no sufrió cambios significativos quedando vigente y en toda su extensión que los Estados Unidos continuaría ejerciendo soberanía sobre nosotros, que seguiríamos siendo una posesión territorial (hace poco lo ratificó el Tribunal Supremo Federal), que no podemos negociar tratados de comercio con países extranjeros y que el Tribunal Federal seguiría funcionan-do en nuestra jurisdicción.

La dominación española nos dejó muy pocos rastros de nuestros antepasados y explotó sin misericordia los pocos recursos naturales de la Isla, mientras que la dominación norteamericana, aún con las ayudas federales y la puerta siempre abierta que conduce a la ciudad mágica, nos mantiene en una incertidumbre sin precedentes, sin un atisbo de desarrollo económico, sin dirección de futuro.

Para colmo de males, cuando los tiempos exigen que los duros se pongan en camino, a nivel local, gobierna una clase política muy desacreditada que trabaja en beneficio de los suyos y no hace mucho para aliviar el sufrimiento de un pueblo que espera la redención. En medio de la tormenta, muchos de ellos ya están pensando en acomodarse para las próximas elecciones. Como si la solución estuviera en una papeleta.   
Por nada del mundo Puerto Rico no merece tanto castigo.

 

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