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La Triste Realidad
Escrito por Evelyn Cruz   
Jueves 01 de Junio de 2017 13:48

Paca creció tímida y transparente en un hogar sencillo, como todos los que tenían los habitantes de los años 40. Aprendió a dar de lo que no tenía y a servir con esa dación que no tiene límites. Para Paca era una obligación arrancarle las páginas a su libreta de español para dárselas a Felipe, para que garabateara palabras y frases que no tenían significado en espacios de hambre.

Los olores peculiares de la época no molestaban a Paca. El dulce olor del fino sudor de su madre, los senos almibarados de la abuela, el callado aroma de los naranjos y el fuerte hedor de las gallinas mojadas por la lluvia de mayo; eran disfrutados por Paca porque le pertenecían y eran parte de su vida. Compartía con gusto y respeto el arroz blanco y al ladito en el plato, las ricas habichuelas guisadas con apio y calabaza.

No faltaba el huevo frito de las gallinas ponedoras y la hoja de lechuga junto a la rodaja de tomate, bautizadas con aceite y vinagre. A pesar de su pobreza nunca lamentó el no tener lo que no conocía y nunca había probado. Su madre la regañaba cuando decía que sabía lo que era tener hambre. Paca alegaba que al comer huevo frito sentía el olor a bisté de la casa de  don Pedro y su boca se transformaba, salivando sueños.

Pero una vez por semana, el bisté se mudaba a su casa y nadie lo encebollaba tan bien como su abuela. Y poco a poco, masticaba los suaves cortes de lomillo y en silencio cerraba sus ojos y decía: ''Ay…que me  muera" refiriéndose a la maravilla del sabor. Los domingos, su visita a la iglesia y luego a la casa de los amigos de sus padres, le permitían contemplar el cielo azul jugando con las nubes, el poderoso y estéril árbol de mango ofreciendo su sombra y el conteo una y otra vez de los veintitrés escalones que se interponían entre ella y los adultos, quienes hablaban asuntos que no debían escuchar los niños.

Las noches eran para dormir plácidamente en la blanda almohada, la dura colchoneta, la frisa de dibujos cuadrados y el blanco mosquitero. Todos en perfecta armonía acunando a Paca quien se apretaba a su hermana, para buscar su calor o ahuyentar su miedo. Miedo al diablo que en los años 40 era real. Era de cuero duro, de afilados cuernos, de ojos rojizos, de rabo inquieto y en sus manos huesudas un tridente que usaba para amenazar a los desobedientes.

La escuela era para aprender. Los maestros enseñaban con dureza, para lograr que adquiriéramos conocimientos que nos hicieran cultos y decentes.Los valores se entrelazaban con el hogar y la obediencia, el respeto, la honestidad, entre otros muchos, eran patrimonio de la escuela y del hogar.

Pero Paca creció, estudió y se  fue a trabajar a una fábrica de productos farmacéuticos. Nunca pudo alejar de su mente su vida pasada. Pero todo se perdió en la maraña inmensa de un progreso rápido y agresivo. Parecía que la gente quería atragantarse de todo lo nuevo. La aspirina, el mentolatum, el Cadum. el jabón Salvavidas, el mercurocromo, el yodo, y muchos otros ungüentos que aliviaban nuestros males recibieron nombre y apellidos nuevos.

Las novedosas tiendas con lujosos trajes, les quitaron el trabajo a las modestas costureras. Las calles parieron automóviles de lujo y tanto haber, puso en las bocas de la nueva cuña, una sonrisa cínica y atrevida. Paca fue arrastrada por esta inmensa ola al laberinto oscuro de viajar, de fiestar, de ser feliz.

Su dinero se iba tal como venía. Sus amigas se esfumaron como la tenue brisa del verano. Paca rompió todos los esquemas trazados en una mente de los años  40. Nunca se casó, ni se amancebó, pero fue mujer en todos los sentidos Los años 80 se fueron de comparsa y Paca marcho al frente de una vida sin sentido.

Y al retirarse con su Seguro Social comprometido de antemano, sólo hace una cosa; sentarse en las grises tardes de su pueblo, a solas con su vida y sus recuerdos a cuestas, a analizar su triste realidad. Entiende que hay que vivir la vida a pequeños sorbos, sin prisa y sin pausa, para que el tiempo matizado de violentos cambios, no socave el espíritu. Pero…ya era tarde.

 

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